Quizá no recuerdo tu cara, para la memoria del alma no basta esa visión.
Es cierto que los seres humanos somos muy visuales pero apaguen los ojos y "verán". Canta Jacques Brel en su poema l'âge idiot (la edad estúpida) que a los veinte años se tienen lo ojos más grandes que el vientre, los ojos más grandes que el corazón, es la edad estúpida.Abraham dice que le sucede, no recuerda mi cara y tiene que verme seguido para recordar. A mí me pasa con ciertas personas. De cierto sé poco y de ese poco no tiene que ver con certezas o verdades.
Alguien me dijo una vez que se recuerdan huellas precisas de la voz, del aroma, del andar, del soler ser. Y sí, se trata de una telaraña que desprende las correspondencias de nuestros sentidos. Sin embargo hay algo que lo sobrepasa, se adelanta.
De R, por ejemplo, recordaba el olor a pistachos en los dedos, una mezcla de sal y tabaco. El cual me llevaba a otros sentidos: el pasar de un balín en el mar de la boca y la lengua forma una ola, juega con la saliva y su vaivén.Brel nos sigue cantando: A los veinte se tiene el corazón demasiado tierno más se está a gusto en los campos de alfalfa, se siente el olor de tambores a destiempo. Se siente el momento en que los clarines atemperan. Y en las camas de la virtud pequeña, se duerme todas las noches.
De A, recuerdo la huella sonora, mezcla del algodón de su ropa, su perfume. ( pues éste no es natural) Si acaso nace en su nuca y llega a la oreja. Me lleva a tierra mojada, lo más valiente es meter las puntas de los pies, es un baño espiritual, los rojos del tezontle. La neblina mística deja abiertos sus velos, la hierba me despierta, se puede andar en los resquicios del sueño, ahí es el encuentro.
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